La vida y la muerte de Cristo satisficieron los justos requisitos de la ley de Dios.
Hubo varias persecuciones por parte del Imperio Romano contra los cristianos durante los siglos dos, tres y cuarto.
Al final, el profeta dejó su queja y recordó las obras de Dios en oración.
La presencia del Espíritu Santo en el creyente transforma su manera de vivir, librándolo de andar según la carne para andar según el Espíritu.