Siendo hijos de Dios, los creyentes en Jesucristo disfrutan tres de los mismos privilegios que el Hijo de Dios tiene ante su Padre.
En la santificación el Espíritu Santo hace que los creyentes mueran al pecado y vivan para el Señor.
Entre el Credo de Atanasio y el Catecismo de Ginebra pasó todo un milenio, resumido en este episodio.
Por medio del profeta Hageo Dios cuestionó las prioridades de su pueblo.